EL FEDERALISMO Y LAS REFORMAS DE ENRIQUE PEÑA NIETO

Están concretándose las reformas constitucionales operadas por la administración federal: se centralizó el control de las elecciones con el Instituto Nacional Electoral pero, también, el de los sectores educativo, financiero y de telecomunicaciones… Todo confirma el ímpetu centralizador; en México la política sigue siendo cada vez más central.
No estamos ante nada nuevo. Hace mucho que se centralizaron las materias laboral y mercantil. Lo mismo se hizo con el control de los hidrocarburos y el combate al crimen organizado, por sólo mencionar dos ejemplos. En tiempos recientes, se ha consolidado este impulso al otorgar regularidad constitucional a las leyes generales; un novísimo instrumento normativo que permite, prácticamente, la regulación semidirecta de la materia local.
El tema es más complicado. Aunque es evidente que existe un esfuerzo explícito por revertir la desastrosa atomización del poder promovida por administraciones pasadas (los gobernadores, convertidos en señores feudales, se ganaron a pulso este descrédito), el tema es tan viejo como su fuente: el federalismo americano.
A pesar de los presentes halagos al sistema constitucional estadounidense, lo estimable de éste no fue su diseño fundacional, sino su evolución. En su origen, el orden federal era estrictamente una concesión limitativa de lo local hacia el centro.
En un principio, el Tribunal Superior Federal de Estados Unidos “la Supreme Court”, se colocó no sólo sobre el resto de los poderes federales, sino también por encima de los estados, al arrogarse la facultad de invalidar sus normas. Otros vendrían a completar la consolidación central, hasta que Lincoln cesó la unión voluntaria de las colonias y la tornó perpetua.
Al igual que en Estados Unidos, nuestra SUPREMA CORTE DE JUSTICIA DE LA NACIÓN tiene enorme autoridad formal e informal sobre los estados. El SISTEMA DE ADMINISTRACIÓN TRIBUTARIA (SAT) y el control constitucional de la Suprema Corte dan cuenta de lo anterior. La evolución del artículo 73 constitucional implica una clara crónica de la invasión federal, que también ocurrió en nuestra nación.
Lo que no se sigue es la contradicción que acusa: ni existe un modelo obligatorio de federalidad, ni la centralización es necesariamente una mala idea. Más aun cuando advertimos la opción local al “yugo” federal. Como siempre, todo depende de los detalles. Con independencia de la consistencia semántica que supuestamente se debe a sí misma una Federación, el orden constitucional surge de un equilibro político específico, no del boceto de un omnipotente arquitecto institucional.
Hace más de dos siglos, Jefferson y Hamilton confrontaron el modelo de una república modesta, descentralizada y agraria, frente al de una república poderosa, central y mercantil. El primero creía que sólo una Federación débil garantizaría la libertad; el segundo pensaba que no habría libertad sin un Estado fuerte. En Estados Unidos de Norte América, eligieron a Jefferson como presidente pero, años después, el modelo que se impuso fue el de Hamilton.
¿Qué pasará en México? Todo dependerá del buen éxito, o del fracaso, de los proyectos a los que ha apostado su capital político el presidente de la República en sus REFORMAS DEL ESTADO.

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